Capítulo 2
Los nuevos vecinos
Me encontraba en mi habitación preparando mis bolsos, en
pocos días me iría de vacaciones, no podía olvidarme nada, el más mínimo
descuido y podría colapsar. Después de un momento me percate que no había
renovado mi malla, la que tenía era vieja, no podía ir dos años seguidos a la
playa con la misma malla, Salí disparada al comedor donde mi madre se
encontraba mirando una novela.
-¡Mamá, necesito una malla!
Mi madre volteo a verme con el ceño fruncido
-¿Cómo?, tú malla esta nueva
-¡Dos años mamá, dos años!
Puso los ojos en blanco, se levantó en cámara lenta para mí
y tomó su billetera.
-Jóvenes…toma, cómprate una, no me gastes todo por favor.
Tome el dinero contentísima y salí por mi bolso y me encamine a la salida.
-¿Qué se dice Mary?
Me decía mi madre con los brazos cruzados esperando mi
agradecimiento.
- Perdón, gracias mamá.
Rió entonces y desaparecí del departamento. Camine por el
pasillo hacia el ascensor que justamente estaba ocupado, me acerque despacio y
vi al portero del edificio junto a dos hombres que estaban sacando cajas del
ascensor.
-hola Rogelio.
El volteo al escucharme y me dedico una sonrisa.
-hola jovencita, ¿Cómo estás?
-bien Roger-(Así lo llamo cuando no quiero decir su
nombre completo), es un hombre de unos cuarenta y cinco años, delgado, lo
conozco desde que tengo uso de razón, muchos años trabajando en este edificio.
-me alegro Mary, me temo que vas a tener que usar las
escaleras, compraron el departamento del fondo de tu mismo piso, ahora los de
la mudanza están subiendo las cosas.
Me quedé asombrada, al fin se había ocupado aquel
departamento, estuvo mucho tiempo vacío, es el más grande y por ende el más
caro de todo el edificio, deben tener una buena posición económica los dueños.
-Y bueno…si no me queda otra, nos vemos Roger-lo salude
con una mano mientras me dirigía hacia las escaleras.
Trate de comunicarme con mis amigas para que alguna me
acompañe al shopping, siempre es bueno la opinión de una amiga, pero ninguna
pudo. Por suerte después de dar vueltas y vueltas encontré la malla indicada
para mí, roja a lunares blancos de dos piezas. Luego me compre un helado y
mientras lo saboreaba caminaba y pensaba… ¿Qué demonios haría cuando vuelva de
las vacaciones?, mis padres ya me lo habían advertido, necesitaba ocuparme de
mi futuro, pero pensaba disfrutar de mi momento de ocio al máximo. Al llegar al
edificio rogaba que el ascensor este libre, respire tranquila al corroborarlo,
por suerte la mudanza había terminado, tome el ascensor pero antes de cerrarse
las puertas entra un joven apresurado, nunca se dirigió hacia mí, ni siquiera
para preguntarme a que piso iba, los dos solos en el ascensor, no lo había
visto nunca, su mirada estaba perdida hacia el frente, solo eran unos segundos
los que compartimos en aquel ascensor pero me pareció una eternidad, el aire
que se formaba era incomodo e incluso raro, pensé que ese joven tendría mi
edad, pero su forma de vestirse lo hacía un poco más grande. Vestía unos Jean
oscuros, una chomba negra de la coste, muy delicado, zapatillas de la misma
marca, si, le hice una radiografía completa, siempre disimuladamente, su rostro
era duro, expresaba miedo y desconfianza, era alto, robusto pero delgado y su cabello
del mismo color del mío, corto y bien peinado. Sus ojos no los había visto en
aquel momento pero parecían claros. Llegue al tercer piso y no sé por qué
deduje que el seguiría, la puerta se abrió, estaba poniendo un pie para salir y
el pasa como un rayo por mi lado empujándome suavemente, la bolsa de mi malla
se cayó al suelo dejando el corpiño a la vista, me agache para recogerla y no sé
por qué levante la vista y él estaba de espalda mirándome por encima de su
hombro con una media sonrisa siniestra, ¡maldito!, ni siquiera me dio una
disculpa, ¡mal educado! Y un montón de palabrotas vino a mi mente. Me levanté
torpemente y lo vi que entró al departamento que se ocupó hoy, ¡genial! Era mi
vecino nuevo y ya empezamos con el pie izquierdo.
Entré a mi dormitorio molesta, muy molesta, ese joven
logró en un segundo esfumar mi felicidad de a ver ido de compras, me senté en
frente de mi escritorio y tomé mi cuaderno, empecé a escribir mi fastidioso
encuentro con mi nuevo vecino, necesitaba descargar mi mal humor, por suerte al
entrar a mi departamento no había nadie, si no harían un escándalo por el
portazo que le di a la puerta de entrada.
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